El blanco murmullo del extremo

En Ushuaia conviven una belleza natural apabullante, el turismo extranjero y la insularidad de una ciudad cuyo pulso se dirime intramuros.

por Federico Poore
La Agenda, 25-01-2018

—En Tierra del Fuego tenemos tres plagas: castores, conejos y cordobeses.

Nuestra guía, una mujer joven de campera azul eléctrico, lanza su teoría de “las tres C” mientras el micro disminuye la marcha en los metros finales de la Ruta 3. Obedientes, los treinta turistas que componemos el tour matutino bajamos del colectivo para conocer Bahía Lapataia, el único fiordo argentino del Canal Beagle.

Lo sabremos más adelante: Tierra del Fuego es, ante todo, tierra de inmigrantes. El 62% de sus actuales pobladores nació fuera de la isla, y hay tantos cordobeses que la provincia hasta tuvo un gobernador nacido en Río Cuarto: el radical Jorge Colazo. También son fascinantes las historias de los animales de afuera. El conejo, por ejemplo, fue introducido por inmigrantes europeos en la década del treinta, pero las dos parejas originales se expandieron rápidamente gracias a los pastos cortos (que los ayudan a escapar de los cazadores). Pero la mayor pesadilla ecológica que enfrentan los fueguinos es el castor. Este simpático roedor llegó en 1946 de la mano del contraalmirante Fidel Anadón, que se proponía impulsar la industria peletera siguiendo un modelo exitoso en Alaska. Como en una mala película de contagios, el experimento salió mal. Escena uno: un hombre libera 25 parejas de castores de Canadá en las inmediaciones del lago Fagnano. Escena dos: los castores se adaptan fácilmente a un medio sin osos ni lobos, sus predadores naturales, y aprovechan los cursos de agua para extender sus dominios a toda la isla. Escena tres: ya son 100.000 y el fenómeno, completamente fuera de control, deriva en un acuerdo binacional entre Argentina y Chile para erradicarlos.

Es una mañana fresca y nublada de diciembre en el extremo austral de la Cordillera de los Andes. La vista es poco menos que increíble: el cielo plomizo y algunos islotes en el horizonte tejen una amalgama de tonos grises, azules, celestes. De regreso al micro, atravesamos un bosque de lengas y coihues por un camino de ripio. Los demás integrantes del tour tienen entre treinta y setenta años, camperas alpinas y botitas de trekking. Tres parejas de Barcelona, otra de Málaga, un matrimonio de viejitos japoneses. Hay minoría de argentinos, y eso que es un tour en español. Micrófono en mano, la guía intenta ganarle con su voz al rugido del motor del micro mientras nos explica la historia de la provincia, sus comienzos como puesto de avanzada, los conflictos limítrofes.

—Eso sí, no hablemos mal de los chilenos que nuestro chofer es de Chile —dice, y lo señala con el dedo.

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Habíamos llegado al Parque Nacional Tierra del Fuego a bordo del Tren del Fin del Mundo, formación que recrea los últimos kilómetros del recorrido del “tren de los presos” que transportaba a los detenidos desde el antiguo Penal de Ushuaia. Subimos al vagón bajo una tormenta de aguanieve y tratamos de acomodarnos de la mejor manera, porque al ser un tren de trocha muy angosta los pasillos son prácticamente inexistentes. Detrás nuestro, unos canadienses fornidos a punto de terminar su tour sudamericano (últimas fechas: El Calafate y la ciudad que nos ocupa). Delante, tres alemanes jóvenes y otro grupete hablando en francés: una verdadera torre de Babel. Tras un silbato, el tren comenzó a avanzar a paso lento a través del Cañadón del Toro, el río Pipo y la cascada La Macarena, pero nuestra relativa soledad argentina disparó la pregunta: ¿Por qué uno de los lugares más preciosos del hemisferio sur, a tres horas de avión de Aeroparque, recibe más turistas europeos y norteamericanos que argentinos? Para la joven recepcionista de una hostería de la calle Gobernador Paz, una posible explicación está en los altos precios, los cuales a su vez son el resultado de vivir en una isla donde casi todo llega en barco o en avión. Mariano no cree que sea tan así. “Los empresarios te quieren cargar el flete y por eso le aplican un 40 por ciento al precio final. Para mí no debería ser más del cinco por ciento”, se queja.

 Mariano tiene 52 años y un negocio de ropa en la San Martín, la avenida principal de Ushuaia. Nació en Mar del Plata pero hace veinte años se vino al Sur, cansado de la falta de horizontes bonaerenses. El hombre conoce bien los rubros “remarcados” del fin del mundo: comer afuera (1.500 pesos una cena para dos, calcula), la carne, la fruta. “Y encima la fruta acá es peor porque tiene que viajar cinco días en camión. No puedo pretender tener un durazno como vos en Buenos Aires”, se resigna. ¿Cómo hacen los fueguinos para hacerle frente a este tipo de gastos?

—Los sueldos acá son altos, a mí un empleado me sale 53 mil pesos por mes y se llevan de mano 30 mil —explica. En efecto, muchos trabajadores (en especial los estatales y los empleados en fábricas, en comercio y en transporte) cobran un plus por “zona inhóspita” que compensa las distancias y el costo de vida. Mariano dice que ya no es tan inhóspita.

—No tenés verano, pero te acostumbrás.

 Guido es fotógrafo, hace seis años que vive en Ushuaia y dice que el invierno se banca. Eso sí: lo tira abajo la oscuridad.

—Lo más significativo es el tema de la luz. Amanece a las nueve y media de la mañana y oscurece a las cinco y media de la tarde. Se vuelve un poco deprimente.

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Un taxi de 160 pesos nos deja al pie del monte Martial, uno de los picos nevados que rodean la ciudad. No hay grandes multitudes ni carteles fastuosos: apenas un camino empinado y un puñado de puentes de madera que salvan los arroyos y el sonido del viento. El objetivo declarado es llegar al glaciar Martial, aunque si nos ponemos en chantas Zen podemos decir que en realidad la meta es el camino: al poco de ir subiendo uno puede darse vuelta y llenarse los ojos con las mejores vistas de la ciudad y el canal. O juntar en una botellita el agua purísima que baja desde el glaciar. O sacarse fotos en la base de la aerosilla abandonada mientras empieza a nevar y el camino empedrado se cubre de blanco. Completa la jornada un chocolate caliente en la casita de té ubicada en la base del monte, un lugar tan acogedor y pintoresco que avergonzaría al mismísimo Wes Anderson. La cuenta no supera a la de una merienda en la zona del Botánico porteño y, de quererlo, estaríamos a tiempo de caminar al aeropuerto para tomar el último avión a Buenos Aires. Va tomando forma la teoría sobre la falta de compatriotas: no está en el radar porque parece más caro de lo que es y más lejos de lo que queda. A contramano del fenómeno del turismo masivo, Ushuaia es una joya subexplotada.

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El regreso a la ciudad nos recuerda que Ushuaia también es una ciudad en crisis, con una amenaza latente: el cierre de las fábricas que producen televisores, microondas y equipos de aire acondicionado (esos miles de aparatos con la etiqueta naranja y azul y el albatros blanco: la bandera de la provincia). Si bien buena parte de los centros de producción están ubicados en Río Grande, todos en la isla temen el impacto económico de un recorte en la producción. El dilema es conocido: el gobierno nacional quiere bajar el impuesto interno para beneficiar a los consumidores, pero al costo de volver redundante buena parte de la producción industrial en la isla. “La aprobación de este proyecto significaría la disolución territorial de nuestra Provincia”, exclamó la gobernadora Rosana Bertone. A cambio de frenar los despidos y las suspensiones, el principal sindicato acaba de aceptar congelar los sueldos hasta 2020.

En Tierra del Fuego hay una máquina tragamonedas cada 101 habitantes, una cifra más cercana a las de Nevada o New Jersey que al promedio nacional. La principal sala de juego de Ushuaia, el Casino Club de Cristóbal López, es un edificio futurista de tres plantas que desentona con el resto del arquitectura del lugar y que desde su inauguración en 2010 (con recitales de Patricia Sosa y Ricky Maravilla) ofrece unas pocas mesas de paño: el resto, todo maquinitas. Los otros dos casinos de la ciudad están a menos de ocho cuadras de distancia y ya ni se preocupan en disimular su carácter de sala 100% tragamonedas. La timba es un problema social y hace siete años la capital fueguina se convirtió en la primera ciudad argentina en implementar un programa preventivo de ludopatía.

En Tierra del Fuego hay una máquina tragamonedas cada 101 habitantes, una cifra más cercana a las de Nevada o New Jersey que al promedio nacional. La principal sala de juego de Ushuaia, el Casino Club de Cristóbal López, es un edificio futurista de tres plantas que desentona con el resto del arquitectura del lugar y que desde su inauguración en 2010 (con recitales de Patricia Sosa y Ricky Maravilla) ofrece unas pocas mesas de paño: el resto, todo maquinitas. Los otros dos casinos de la ciudad están a menos de ocho cuadras de distancia y ya ni se preocupan en disimular su carácter de sala 100% tragamonedas. La timba es un problema social y hace siete años la capital fueguina se convirtió en la primera ciudad argentina en implementar un programa preventivo de ludopatía.

Después está la prostitución. En la década del noventa, cabarets como Tropicana, El Sheik, Black & White funcionaban en pleno centro, tolerados como un “servicio” al turista o a los hombres que bajaban de los barcos. Pero hace una década las denuncias contra los burdeles y las whisquerías comenzaron a tomar fuerza y en 2012 una serie de allanamientos terminaron con ese modelo de negocio. Algunos proxenetas recibieron condenas de prisión y a la municipalidad se le ordenó indemnizar a una de las víctimas de trata por su complicidad con estos locales, que contaban con protección policial y habilitaciones oficiales de la Dirección de Comercio. Así y todo, los fiscales que investigan los delitos de trata de personas aseguran que el negocio no desapareció sino que mutó hacia los “privados”.

Lección de los males subyacentes: Ushuaia es una ciudad segura para el turista porque muchos de sus problemas se expresan entre cuatro paredes.

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La hoja A4 está pegada sobre el vidrio de un bar en la avenida San Martín. “CREW AVAILABLE”, reza el título, seguido por una foto en escala de grises de Magda (35) y Przemek (36).

“Somos pareja (sic) de Polonia y buscamos oportunidad para trabajar o ayudar en un barco que vaya a la ANTÁRTIDA”, dice el texto, escrito en un inglés tipo Borat.

 La propuesta es bien directa. Los muchachos se mueren de ganas de conocer el continente blanco pero no tienen los cinco mil dólares per cápita que sale la excursión. A cambio del aventón antártico, Magda y Przemek detallan el tipo de laburos que podrían hacer: mozo, recepcionista, asistente de cocina, bartender. “Estamos abiertos a CUALQUIER TIPO DE PROPUESTAS”, insisten, y dejan un número de celular. ¿Ushuaia, fin del mundo? Los polacos recién están entrando en calor.

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